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lunes, 17 de noviembre de 2025

Las víctimas de la guerra en el Barrio Alto de Almería

Todos sabemos que hubo un refugio en la antigua plaza del Pilar del Barrio Alto.

 Un sistema subterráneo de protección antiaérea de hormigón.

Según cuenta Agustín Belmonte, en 1937 se construyó en lo que hoy es la plaza Béjar, uno de los refugios antiaéreos que proyectó el arquitecto municipal Guillermo Langle durante la Guerra Civil.

Lo cubrieron con un extenso túmulo de tierra de casi dos metros de alto cercado de balates de mampostería.

En 1961 la Delegación Nacional de Sindicatos del franquismo construyó cuatro bloques de viviendas baratas en medio de la plaza, destruyendo el refugio de Langle. 

Las 68 viviendas recibieron el nombre del director del antiguo periódico católico La Independencia, Fructuoso Pérez Márquez, asesinado a comienzos de la Guerra Civil.

https://www.diariodealmeria.es/almeria/pilones-Barrio-Alto_0_698930568.html

Tenía escrito esto porque Loli López nos contó lo del bombardeo. Lo que ocurrió en la plaza Béjar me estremeció profundamente. 

La gente fumaba fuera del refugio colapsando el acceso, "porque nunca pasaba nada" , hasta que pasó. 

Hubo barrioalteros muertos pisoteados por la avalancha de acceso al refugio, no por los bombardeos.

Cuentan que era el mes de Mayo de 1937.

Parte de la flota alemana fondeada en las inmediaciones de Ibiza, fue bombardeada por bombarderos Katiuska rusos de las Fuerzas Aéreas Españolas de la República.

El ataque causó más de una veintena de muertos y casi cien heridos, dejando el buque Deutchland gravemente dañado.

Las represalias no se hicieron esperar. Por alguna oscura decisión Almería fue víctima del bombardeo ese mismo año de 1937.

El único objetivo era probar las nuevas armas convencionales contra la población.

¿Qué tenía que ver Almería con el ataque de los Katiuskas rusos de la República?. 

¿Por qué no atacaron enclaves militares de la República en Madrid?. 

El objetivo siempre fue probar las primeras armas convencionales de la Historia contra la población. 

Provocaron exterminio en Granada y en Málaga republicanas. 

Muchos huyeron buscando refugio a Almería.

Las armas que se probaron en Guernika, durante la Desbandá granadina y la Desbandá malagueña, se usaron durante la Segunda Guerra Mundial. 

Muchísimas cosas graves que pasaron en la República la pagaron con creces los andaluces. 

 


sábado, 15 de noviembre de 2025

Manuel Ibáñez Nieto, el futbolista leyenda del fútbol modesto del Barrio Alto de Almería

Los humeantes Colts de José El Habichuela en el saloon Barrio Alto de Almería

El hombre trabajaba en las cuadras. Era de los mejores mozos en sanear las pezuñas de los caballos en Barrio Alto. 

Era un individuo de apenas 160 de estatura, enjuto, de barba cerrada, que apareció un día por la city montado en su Burry, una yegua pinta robada a los comanches, que se había convertido en su fiel sombra para escapar de más de un follón. 

Vestía un sombrero tejano mostrando con orgullo en su chaleco una oxidada estrella de sheriff que se había encontrado en el río Andarax. 

Se movía por el salón Barrio Alto desenfadado, juntándose con tahúres, ladrones y pistoleros.

Y ya por entonces llegaban las malas noticias. 

Terence Hill, Bud Spencer y Giuliano Gemma eran la Banda de los Italianos, expertos asesinos asaltadores de  bancos, transportes militares y diligencias. 

El Habichuela como lo llamaban en la city, no tenía nada que ver con la banda.

Llegó a la ciudad hacía unos meses, justo después de que llegara un pistolero ruso mongol llamado Yul Brinner, que se había convertido en el gran tahúr entre los tahúres, que en pocas semanas desplumó a media ciudad. 

Muchos gestionaban sus deudas con sustanciosas cantidades y el Habichuela se pegaba como una lapa a quienes le reportaban cuantiosos beneficios.

Se pegó a los herradores del establo burlándose como una rata asquerosa de la falta de profesionalidad de quienes se afanaban en limpiar, sanear y calibrar las irregularidades de las pezuñas colocando herraduras a los caballos. 

A lo tonto a lo tonto consiguió que el tonto de turno perdiera los estribos y se jugara su puesto de trabajo.

Retándolo en una apuesta a ver quién hacía mejor trabajo con los caballos, el Habichuela destrozó al otro individuo quedándose con su puesto de trabajo.

Al Habichuela le vino muy bien aquel trabajo. El dueño del establo ni le ponía horario. 

Trabajaba cuando tenía ganas. Llegaba, se ponía en la faena y al par de horas todos los caballos estaban bien herrados.

Dejaba a los puercos paletos que lo observaban asombrados.

En el salón nunca le dirigió ni una mirada, ni una sola palabra, al ruso.

Cuando se cruzaban ambos, uno de ellos se quedaba parado para que pasara el otro. 

La gente intuía que había algo raro había entre ellos pero no se sabía qué.

Una mañana las noticias decían que los Italianos cabalgaban cerca de la city Barrio Alto.

Los ciudadanos sabían que se acercaban problemas. 

Muchos comenzaron a ocultar grandes cantidades de dinero en los bajos de sus hogares porque no se fiaban del banco. 

Aún así la mayor parte de la riqueza peligraba en el Barrio Alto Bank a merced de los pistoleros italianos.

No pasaron ni veinticuatro horas que los tres miembros de los Italianos entraron por la calle central de la city y la gente se llevó las manos a la cabeza corriendo para encerrarse en sus casas.

Cabalgaron hasta las puertas del salón y entraron uno detrás del otro, metiendo miedo.

En la barra los atendió con premura el tabernero sudando chorros como un marrano.

Terence Hill señaló la partida de póker que se jugaba en la mesa del tahúr ruso.

Bebieron una gran jarra de cerveza y se acercaron a la mesa abriéndose sitio a la fuerza. 

Sacaron sus fajos de billetes pidiendo cartas al ruso.

- No les voy a servir cartas hasta que no pregunten amablemente si les permito jugar - les dijo Yul Brinner.

Bud Spencer se revolvió para sacar su revolver pero Terence Hill y Giuliano Gemma lo detuvieron.  

Si te lo cargas ahora no tendremos diversión - espetó Gemma y se rieron del ruso imitándolo con sarna. 

- Zus pedimov amablementerinov jugarev al pokérenov - le dijo Spencer con guasa.

Yul ni se inmutó. Repartió cartas para callar a los pistoleros que le acosaban.

El Habichuela entró silencioso como un gato y se situó en una mesa cercana a la partida, a espaldas de los italianos. 

Solo el ruso percibió su presencia.

Ningún feligrés se atrevió a moverse de su asiento para salir del local. 

Tenían miedo de dar la espalda a aquellos pistoleros. 

La primera manga de la partida se definía justo en ese momento. 

Terence Hill creyó que había engañado al ruso. Levantó sus cartas a la vista de sus hermanos presumiendo de trinidad, disparando y creyéndose más rápido que el rayo. 

Cayó al suelo convertido en un fiambre, con los ojos bizcos, sin saber por dónde le había llegado el tiro.

Bud Spencer y Giuliano Gemma no podían creer lo rígido que se había quedado el pobre Trinidad.

Y pensar que Henry Fonda llevaba meses en México siendo acosado por experimentados agentes especiales del gobierno.

Yul Brinner los invitó a sentarse para continuar la partida, mientras enfundaba el humeante cañón de su plateado Colt. 

Repartió cartas tras pedir un corte y el miedo se dibujo en los rostros de los Italianos, obligados a jugarse los fajos de dólares que aún no habían perdido en el juego.

Yul Brinner volvió a ganar la partida. Se guardaba los fajos de billetes en los bolsillos interiores de su camisa cuando fue encañonado por Spencer.

Gemma restregaba los cañones de sus Colts por los ojos del ruso, su nariz y su boca.

El Habichuela entonces tomó parte del juego. 

Los dos pistoleros lo oyeron a sus espaldas, que sabía un juego ruso muy divertido. 

Bud Spencer y Giuliano Gemma se sorprendieron de estar oyendo una voz de ultratumba o un fantasma. 

Los feligreses abrieron hueco y los italianos pudieron ver que se trataba de un hombrecito pequeño y barbudo, vestido con ropa elegante y rostro de pajarraco.

 - Tenemos encañonado al puto ruso y nos sale un pajarraco bastardo diciendo que conoce un juego ruso muy divertido - dijo Gemma. 

Y se rieron a carcajadas los dos italianos con muchas ganas de agujerear el melón de Yul Brinner.

El pequeño hombre sacó entonces un fajo bien gordo de billetes y lo puso sobre la mesa, alentando a todos a aceptar las apuestas. 

En el salón corrieron a jugar las apuestas como quien llama al diablo.

Bud Spencer y Giuliano Gemma se emocionaron de ver tanto dinero en la mesa.

Miles de dólares lograron que los italianos se olvidaran de encañonar al ruso para meterse en la apuesta.

- ¡Vale!. ¡Aceptamos la apuesta! - dijeron. 

Yul Brinner observaba sentado entre risas. 

- ¿De qué trata la apuesta?" - preguntó Giuliano Gemma. 

- El juego ruso consiste en disparar cuatro veces seguidas haciendo que las balas reboten en los rincones y paredes del salón para alcanzar el blanco - dijo el Habichuela.

Bud Spencer se reía a carcajadas de las ocurrencias del hombrecillo. 

Lo consideró un verdadero imbécil. Y Giuliano Gemma lloraba a lágrima viva sin poder aguantar la risa.  

- ¿Eso cómo va a ser?. ¿Eso cómo va a 
ser? - Spencer se mofaba del Habichuela y Gemma jugaba a enfundar y desenfundar su revolver, restregándolo por la nariz del ruso.

- Señores - preguntó el Habichuela - si me permiten comienzo yo el juego ruso. 

Bud Spencer depuró su jarra de cerveza y Giuliano Gemma asintió perplejo desde su silla. 

- Pero antes dime cómo te llamas - preguntó Gemma.

- José, El Habichuela - contestó el pequeño barbudo. 

El Habichuela disparó cuatro veces haciendo humear sus Colts color de lata.

Las balas fueron rebotando de pared en pared por las esquinas del salón mientras Bud Spencer hablaba. 

- Ese nombre lo he oído muchas veces. A ver si me acuerdo" - decía Spencer.

- ¿Cuál es el blanco?. No nos has dicho cuál es el blanco - preguntó Giuliano Gemma.

Justo en el momento que la primera bala rebotó en la última pared y le perforó la sien. 

La segunda bala también le perforó la sien.
 
- ¡Ya recuerdo! - dijo Bud Spencer.

Justo en el momento que le atravesó la tercera bala y no pudo terminar de explicarse porque la cuarta bala le destrozó la sien.

Yul Brinner aplaudió a su compañero de fatigas.

El Habichuela enfundó sus humeantes Colts. 

Se oyó un clamor de sorpresa en todo el salón. 

El Habichuela cogió su oxidada estrella de sheriff, la frotó contra su chaleco y volvió a colocarsela con orgullo.

Guardó su parte de la apuesta. 

Silbó para que su Burry pasara a recogerlo en la puerta del salón. 

Yul Brinner hizo lo mismo. Montaron y se fueron de Barrio Alto city.


miércoles, 12 de noviembre de 2025

Cuando las cosas no iban bien en las familias del Barrio Alto de Almería

Tengo, como todos, recuerdos frustrantes de la niñez. 

Eso que los nuevos entendidos de la psicología aplicada llaman traumas.

Todos hemos caído alguna vez y después nos hemos levantado. 

He visto caer mucha gente conocida y no volver a verla nunca más.

Uno de mis mayores traumas fue ver a mi madre desvalida, sin dinero y sin futuro, llenando la casa de muñecas por todos los rincones. 

Recuerdo vecinas de luto llorando por sus maridos muertos. 

También hombres que no habían llorado nunca sin un rincón donde ocultar su llanto por la esposa muerta.

¿Dónde fue eso?. No lo sé. Pero yo estaba allí en el sepelio. 

Lo recuerdo. Aquellos olores a lo que sea que habían perfumado. 

La caja de la fallecida o fallecido rodeada por un batallón de mujeres con el pelo cubierto por una mantilla negra casi transparente. 

La vigilia nocturna a la luz de las velas.

El barrio no solo está construido con los cimientos de las alegrías. 

También está construido con los sinsabores de la más amarga de las penas.

De los traumas que no queremos recordar. 

De la más profundas de las miserias.

O vives la vida o mueres en vida. 

Amigos que nacieron a tu vera, que se quedaron en el recuerdo, sin verlos crecer. 




martes, 11 de noviembre de 2025

El fútbol del Barrio Alto de Almería en los años de la posguerra

Pensé que en el fútbol del Barrio Alto de Almería no había equipos ni viejas glorias anteriores a 1950. 

Sabía que había leído algo importante pero no recordaba dónde. 

Ha tenido que iluminar mi visión el barrioaltero José Belmonte para enlazar mi atención y que lea un precioso artículo de Ibáñez Nieto en el que hace referencia y homenaje a un señor que tal vez conocí de niño en el Barrio Alto.

Juan Soler Expósito (1919-2019) conocido cariñosamente como 'El Compadre' murió a la edad de 100 años hace poco años. 

Y según cuenta Manuel Ibáñez Nieto en su artículo, fue uno de los futbolistas del fútbol modesto más importantes de los años 1940-50 nacido en el Barrio Alto. 

Lo cierto es que yo buscaba equipos anteriores a la década de 1950, que me habían llegado a decir que el Barrio en aquella época no existía y me tuve que poner serio para dejar claro que el Barrio Alto es tan viejo como las murallas árabes de la Taifa. 

No es culpa mía que muchas personas tengan un velo que les impide ver más allá de las líneas que demarcan, pero después de la Guerra era el fútbol o el trapicheo.

El popular futbolista "Compadre" nació el 13 de enero de 1919 en la calle Verbena del Barrio Alto, cuna de futbolistas y equipos 'gigantes' del fútbol modesto (así lo describe Ibáñez), como el Betis y el Hércules del Barrio Alto, el San Lorenzo y el actual Plus Ultra CF. 

Juan Soler comenzó a jugar al fútbol en el Ayala CF, (club que sonaba mucho durante mi niñez pero no tengo ni idea su procedencia). Cuenta que la Guerra Civil y la inseguridad dificultaban la practica deportiva y con 20 años jugaba en el SEU (Sindicato Español Universitario) en los Campeonatos Provinciales de Fútbol 'No Federados' organizados por la prensa local Yugo.

Los porteros Escamilla y Ortiz 'El Coyote' junto Málaga y Capilla fueron muchos de sus compañeros. El Recreativo Almería y el 'Educación y Descanso' de la Obra Sindical fueron otros de sus equipos en los inicios de los 40 junto a Cazorla, Alberola, Rigaud y Flores.

El techo futbolístico del 'Compadre' llegó a mediados de los años 40 con el CD Ferroviario, conocido popularmente como 'La Ferro' y la UD Almería de Primera Regional demostrando su capacidad goleadora y sello de gran media punta. 

Juan Soler Expósito 'Compadre', un grande del fútbol modesto almeriense de los años 1940-50, falleció en Valencia a la edad de 100 años, el 6 de febrero de 2019.



lunes, 10 de noviembre de 2025

Pepito Murcia, una historia ficticia del Barrio Alto de Almería

Pepito Murcia era uno de esos niños sin padre de la posguerra tardía del Barrio Alto de Almería.

Nació en la calle de las Curiosas, una noche de invierno tan tormentosa, que los truenos parecían dejar sordos a los barrioalteros, y los rayos amenazaban con prender graves incendios en frágiles y obsoletas instalaciones del barrio. 

Las comadronas tuvieron que afanarse, muy a su pesar, para traerlo al mundo iluminando la habitación con velas, en su más que humilde hogar, en una calle anegada por la lluvia y los charcos fecales negros pestilentes de orines.

Su familia, la de su madre, y la de su padre desaparecido, llevaban cuatro generaciones viviendo en el Barrio Alto, más de cien años.

En la humilde vivienda también vivía la abuela medio ciega a la que llamaba Tata, que hizo de madre y era quien realmente crió a Pepito.

La madre, Pepita García, conocida en el barrio como Pepita Merengues, trabajaba en un obrador de pastelería que consumía su jornada diaria por cuatro perras gordas.

Pepito cometió su primer robo a la edad de seis años, en un despiste de la tendera de la frutería del Mercado Central de Almería. La madre lo había llevado para que conociese la ciudad, más allá de la muy humilde calle donde vivía.

El niño metió en su mochilica unas pataticas y unos tomaticos, para agasajar a su abuela, a la que quería mucho. 

Tan pequeño fue sorprendido por la temible pareja de Policías Armada, que le agarraron la mochilica intentando quitársela sin conseguirlo.

Pepito se demostró a sí mismo, por primera vez en su vida, que era muy escurridizo. Había pegado un tirón certero a su mochilica y se la llevó escurriéndose bajo las piernas del gentío dentro del mercado, hasta salir a la calle y esconderse. 

Oculto tras un montón de basura, esperó a que saliese su madre, y le hizo señas para que siguiese andando hacia la rambla. 

Tras un buen ratico, dejó su escondite entre la basura, y cargando con las pataticas y los tomaticos para su abuelica, iba escondido entre la multitud ayudado por su pequeña estatura, camino del lugar de la Rambla donde le esperaba su madre. 

A lo lejos los Policías Armada buscaban furiosos al niño por los alrededores del mercado central.

Cuando madre e hijo llegaron a casa, su abuelica se puso muy contenta con el regalo tan maravilloso de su nietecico.

Al cabo de tres días, Pepito regresó de la escuela a mediodía, arrastrando un saco de pataticas de lo más hermosas, con una bolsa de lentejas de medio kilo escondido en su camisica.

Así transcurrieron los años de la infancia de Pepito Murcia. Muchas veces volvía de la escuela con algo bueno para comer durante varios días. 

A la abuela nunca le faltaba comida para cocinar para alimentar a la familia. La madre aseguraba la vivienda con el poco dinero que ganaba en el obrador de confitería.

Los años trajeron una mejoría económica y la madre lo llevó por primera vez al recién inaugurado Monumental Cinema de Juanico el de Alhama.

Allí Pepito Murcia quedó en shock, estupefacto, al ver por primera vez en su vida una película, una cinta de monstruos terroríficos que él no creía que existieran. 

Gorgo era una especie de lagarto gigantesco, que luchaba con todos los monstruos habidos y por haber, y los convertía en papilla para la cena.

Atacaba ciudades japonesas derribando rascacielos como si fueran de papel, comiéndose japoneses como quien come tentepies, sin que se le pasara el hambre.

Y después, harto de comer y dejar los rascacielos japoneses en ruinas, se escapaba corriendo a través del mar, con la rara ilusión de que por muy lejos que fuera mar adentro, incomprensible, el agua le llegaba siempre por la cintura.

La película lo tuvo en vela toda la noche, y por la mañana en la escuela, se quedó dormido encima de su pupitre, sin que su maestro lo quisiera despertar, porque dormido, el bello durmiente no le creaba problemas, y el aula permanecía en silencio por primera vez en mucho tiempo.

Pepito Murcia se obsesionó tanto con el cine, que no hubo día de estreno que no se presentara a comprar su billete con 20 peseticas. 

El niño alucinaba con las películas de monstruos, luchadores enmascarados y malos malísimos del salvaje spaghetti western, filmes rodados apenas unos meses atrás en las ramblas del desierto de Tabernas o en zonas de montaña y mesetas en los alrededores de la Sierra de Alhamilla o de La Calahorra de Granada.

Pepito Murcia era feliz, tremendamente feliz. Su vida de niño se movía alrededor de la cartelera del Monumental Cinema o de la terraza de verano del cine Oriente, que estaba justo enfrente.

Un día que volvía de la escuela vio un camión dentro de un almacén con los mozos descargando sacos. Se asomó sin ser visto y vio una caja de melones. 

Los mozos iban y venían con los sacos en sus sudorosas espaldas, metiéndolos en una oscura cámara al fondo del almacén, lapso de tiempo que usó Pepito para salir de debajo del camión y agarrar un melón, y cuando se lo llevaba por debajo del camión, alguien lo vio y gritó para coger al ladrón.

Pepito Murcia corrió como pudo con el melón, que casi se le escurría de los brazos pesando lo suyo. Al doblar la esquina por calle Barca, sabía que tenía cerca a los hombres y lo cogerían. 

Ocultó el melón tras un macetón grande en la puerta de una casa, y corrió a esconderse en las ruinas de un antiguo almacén que apestaba a ratas, lleno de excrementos y meadas, ocultándose justo cuando aparecieron los mozos por la esquina.

Lo estuvieron buscando un buen rato, calle arriba y calle abajo, y por las calles adyacentes, sin saber dónde estaba oculto el ladrón. 

Llegaron a entrar en el almacén en ruinas, penetraron casi donde se ocultaba, pero uno de los mozos pisó una cagada y desistieron de buscalo en aquel maloliente lugar.

Tras un rato pareció que se habían ido pero Pepito no se confío. Esperó pacientemente un rato más y sin darse cuenta se quedó dormido. 

A un mozo avispado se le ocurrió esperar oculto en la esquina para agarrar al ladrón in fraganti. Esperó que saliera de su escondite pero se aburrió y optó por irse también. 

Justo que Pepito despertó y salió del escondite, cogió el melón tras el macetón, y como no le cabía en su mochilica escolar, lo partió en tres pedazos y los repartió en bolsas. 

Alzó como pudo su mochilica, la cargó en su espalda, y caminó risueño despacito hasta su casa.

A los pocos días, alguien le había robado a un niño llamado Bernabé, que vivía en calle Martínez, su bicicleta de la marca BH Iberia. Pepito Murcia guardó como oro su nueva adquisición en casa. Con su nuevo Mustang pensaba hacer sus pequeños hurtos lejos del Barrio Alto, para evitar ser reconocido.

Sus libretas escolares guardaban un secreto: empezó a escribir historias del spaghetti western, creando alter egos con pistoleros más rápido que el pensamiento. 

Joe Murcia buscó un apodo espectacular, merced a los momentos que más tranquilidad y reflexión le procuraban a lo largo del día, como darse un baño de agua caliente en el barreño de metal o lavarse la cara en una palangana.

Como no le gustó lo de Barreño, lo llamó Palangana Colt, lo mismo que a la india Elu Winona, pistoleros más rápidos que el pensamiento.


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He leído un artículo sobre Regiones, barrio que formaba parte importante de nuestra niñez. Nunca nos separó la Carretera de Ronda. En Region...