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domingo, 22 de febrero de 2026

La ensaladilla rusa barrialtera almeriense, el manjar desconocido despreciado

Cuando era niño, la ensaladilla rusa que hacía mi padre, tenía un sabor único para el más exigente de los paladares.

Había olvidado que trabajé en la cocina pelando patatas, cociéndolas y batiendo la mayonesa con el batidor de mano.

Mi padre se encargaba de crearla y subirla con las yemas de huevo hasta que yo pudiera batirla sin que se cortase.

Tened en cuenta que apenas tenía 7, 8 o 9 años y ya hacía mis pinitos en cocina.

Me encantaba el sabor de las chuletas en la plancha y las patatas fritas muy carnosas y profundas.

Mis favoritos eran el huevo al plato con guisantes cuyo tomate tenía un sabor tan profundo como aromático.

Los macarrones con el mismo tomate 🍅 eran extraordinarios.

Las variedades que se podían crear con unas patatas cocidas dejan en nivel mequetrefe tanto imbécil Michelin.

Da pena ver cómo cocineros cochinos han ido desviando el menú de la buena cocina al consumo de carne tan elaboradas.

Muchos aprenden a cocinar guarradas cremosas con el pretexto de la ciencia evolutiva.

Los tontos se lo creen y pagan precios estratosféricos por haber visto al chef cocinando con un soplete.

Me quisieron enseñar a cocinar en mi época adolescente, pero me vi confrontado con compañeros tan pelotas como mezquinos.

Les parecía demasiado guapo y me echaron las culpas de cosas con las que no tenía nada que ver.

Lo que aprendí lo desaprendí por puro abandono.

Me decían el número de potencia que tenía que tener la plancha pero después cambiaban la bombona a una con poco gas.

En vez de ir hacia adelante con ultimátum, retrocedí cada día hasta llegar al ofin.

Prefería limpiar cacharros que aguantar cocineros estándar que corrompían el disfrute de los sabores y los paladares.

Que yo vaya a un restaurante a comer es muy difícil.

Sé que las recetas han cambiado a tal modo que ocultan el sabor de los alimentos cocinados.

La desdicha de comer para alimentarme pagando en un restaurante platos a los que les robaron la mitad de los sabores.

No hay manera de probar una ensaladilla rusa bien hecha que no esté pasada o podrida en ningún sitio.

La gente prefiere una hamburguesa americana antes que unos huevos al plato andaluces con guisantes y tomate.

Recuerdo que llegué a cocinar quince o veinte tortillas de patatas españolas con sartenes para una persona.

Los sabores eran increíbles.

Me echaron de ese medio diciendo que no valía nada, los mismos que me hacían las trampas y el acoso.

El peor uno reconvertido hoy día en un pizzero mediocre.

Y aún quiere dar lecciones.

Nada más he tenido a mi alrededor gentuza que se sentía muy molesta.

Poco a poco han ido entrando las franquicias madrileñas imponiendo basurología insípida cocinadas estándar.

Y cuando no, un imbécil con estrellas Michelín, ocultando los sabores reales de los alimentos con mantequilla.

No se quejen si cogí una mochila para dormir en los acantilados en pleno acto de contemplación.


La ensaladilla rusa barrialtera almeriense, el manjar desconocido despreciado

Cuando era niño, la ensaladilla rusa que hacía mi padre, tenía un sabor único para el más exigente de los paladares. Había olvidado que trab...